En los  404   años,  la capital del Huila evidencia una  ciudad de contraste que experimenta un desarrollo urbanístico creciente y la enfrenta al desafío del cemento frente a la preservación de ecosistemas vitales como los humedales.  

 Neiva fue fundada  por tercera vez, el 24 de mayo de 1612, un poblado tranquilo y lleno de verde, cuya dinámica giraba alrededor de su parque central. Hoy  la  ciudad carece de zonas verdes y crece en  contraste; por un lado,  lujosos condominios y por el otro,  cinturones de miseria con 93 asentamientos. Es una  ciudad en la que la inseguridad ha crecido con el raponeo como en las grandes ciudades.   Una capital  que ofrece pocas posibilidades laborales, evidente en una crisis de empleo, cuyo resultado es el incremento del informalismo y las ventas ambulantes. 

Neiva está llena de cinturones de miseria, asentamientos productos de la guerra, desplazados y pobreza.   Frente a grandes condominios que se construyen en zona de humedales,  cuya apuesta es brindar un espacio seguro y privado.   Una ciudad  que en 404 años sigue llena de corrupción y mala administración, tan solo hay que recordar,  Los Comuneros, el nuevo edificio  materno infantil del Hospital Universitario, La Concha Agustín, La   Avenida Inés García de Durán, el Estadio y  Surabastos. 

Una ciudad que vio cerrar las plazas de mercado, para abrirle paso a grandes plataformas como el Éxito. Que vio transformar sus salas de cine centrales por modernos cines en centros comerciales y que vio desaparecer el Pasaje Camacho. Una modernización cuestionable porque Neiva pese a sus años  sigue contaminando el río Magdalena, arrojando aguas residuales sin tratamiento, presenta un aumento desmedido de vehículos, motos y carros que agudizan los niveles de contaminación y  accidentalidad.  A pesar de sus 404 años no ha definido un POT que le ponga orden al uso del suelo.

El relato del desarrollo y la guerra

En este cuempleaños de Neiva quisimos hacer un recorrido  por la ciudad a partir del relato  del Cementerio Central, en cuyo espacio reposan las huellas de una ciudad que se transforma marcada por la guerra y el desarrollo.

La antropóloga huilense, Eloisa Lamilla Guerrero en una  rigurosa investigación, hizo un reconocimiento y apropiación del Cementerio Central de Neiva como un escenario de memoria e historia  de la ciudad.

Este Cementerio Central de Neiva  fue ubicado en barrio los Mártires data de 1821, y luego fue trasladado en 1883  en un terreno de  tres hectáreas  de la familia Rivera  en la zona actual,  entre la Av. Tenerife y  la Av. La Toma. 

Según  Lamilla,  el cementerio ha sufrido  modificaciones y ampliaciones  que dan cuenta  de las transformaciones que ha tenido en diferentes  periodos históricos para ajustarse a la sobrepoblación de la ciudad. 

Para la  antropóloga,   el cementerio  tiene una ruta por los mausoleos de los pionero del Huila y Neiva, familias  reconocidas y forjadores de la  ciudad en el siglo XIX y XX, tal es el caso de la prestigiosa familia, Leyva Charry, a la que pertenecía el teniente conservador, Calixto Leyva.  Cuyos hijos fueron el Monseñor Luis Calixto Leyva Charry  y Rafael,  el gobernador del Huila en 1927 a 1928, entre otros. 

En el cementerio está el panteón de los esposo Perdomo Serrano, Ricardo Perdomo era un acaudalado huilense. Está el mausoleo de la familia García Borrero y se encuentra  la tumba de Arcadio Charry, representante a la cámara y promotor de la separación del Tolima Grande.  

Memoria del progreso y desarrollo

Lamilla Guerrero  asegura que también hay una ruta de los personajes que llevaron  a cabo los proyectos de modernización regional del sigo XIX y XX, tal es caso del panteón del sindicato de transportadores y choferes de Neiva, un proceso gremial liderado por comerciantes que impulsaron cooperativas para atender la  demanda urbana e intermunicipal.

El mausoleo de la familia Suárez Sandino, destacada familia a nivel empresarial, dueña en los años 60 de la empresa de transporte terrestre y carga Transfederal y la empresa área, TAO.  Compañías que contribuyeron  según, la antropóloga  al desarrollo del transporte y la  comunicación huilense. 

La tumba de Ramón Salas, junto a sus padres, un liberal nieto del Coronel Benito Salas.  La tumba de Reynaldo Matiz, abanderado Liberal, destacado periodista e industrial. Personaje que trajo las primeras trilladoras de café y construyó la primera sala de cine de Neiva. 

El mausoleo de la Familia Perdomo, donde está Régulo Perdomo. Una familia de importantes cargos políticos.

La memoria del movimiento cultural y folklórico

La antropóloga  también identificó a  los gestores culturales, hito en la producción artística y cultural de la ciudad. Tal como la tumba de Aurelio Atayde, la familia Durán (Compositores y músicos), la tumba de Gilberto Vargas  Motta (historiador, periodista y político conservador), Gabriel Plazas (profesor y poeta), José Antonio Cuellar Rumichaca (Insignia de fiestas sampedrinas) y el panteón  de Círculo de Periodistas que data de 1964.

Se destaca otra ruta que da cuenta de los afectos y que ha llevado a la devoción como práctica popular, es la de Hernando Moncaleano  (Urólogo y pediatra). La del bandolero, Saúl Quintero "El Renco". De igual forma está el pabellón de los olvidados, donde reposan  los restos de los desconocidos, es decir fallecidos sin dolientes.

Memoria del conflicto y la guerra

Se identifica una  de las rutas que refleja del conflicto vivido en el Huila y Colombia. Según Lamilla en esta  ruta se encuentra la tumba de Cándido Leguízamo, militar participante de conflicto colombo – peruano entre 1932 y- 1933.  La tumba del aviador militar, Jorge Trujillo Sánchez. El Mausoleo de la Policía, un edificio de dos pisos  de color blanco con verde. “Sobresalen los nombres de jóvenes policías que han muerto en combate en los últimos años”, puntualiza la antropóloga.  Recorriendo el cementerio también se ve un incremento de tumbas de soldado anónimos, adolescentes  integrantes de la fuerza pública en su mayoría muertos en combate.

Existe el pabellón de los N.N. aquí   hay   víctimas del conflicto, asesinatos y desapariciones forzadas de todos los bandos; campesinos, indígenas, militares, guerrilleros, y otros. “El Cementerio Central cuenta con un pabellón exclusivo para las tumbas de personas desaparecidas o sin identificar por sus familiares. Este mausoleo es también memoria de la guerra, pero oculta y silencia  la memoria de la víctimas y de los bandos contrarios a la fuerza pública”, destaca Lamilla. 

Recorrer el Cementerio de Neiva es denotar las transformaciones crecientes de la ciudad, el aumento de sus tumbas, tal como sucede con  el pabellón de los angelitos, niños muertos que se ha incrementado en último siglo.  Así sucede  con en el incremento de tumbas  de jóvenes, algunos víctimas de accidentes, riñas, robos y violencia que hoy  son la reproducción de una transformada urbe.

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